Vida subterránea del suelo: micorrizas, bacterias, musgos y la red invisible que sostiene la vida
- Lucas Pollini

- hace 4 días
- 6 Min. de lectura
Hay una idea que todavía arrastramos sin darnos cuenta: creemos que una planta usa la energía que produce para crecer, reproducirse y competir, y que el suelo es apenas el lugar donde eso ocurre.
Pero no.
Una parte enorme de la vida vegetal no se juega en las hojas, ni en las flores, ni en lo que vemos. Se juega abajo. En la oscuridad. En una trama de intercambios invisibles que durante mucho tiempo confundimos con fondo, cuando en realidad era el motor. Esa mirada empezó a cambiar cuando distintas investigadoras e investigadores siguieron el destino de los azúcares que las plantas hacen por fotosíntesis y encontraron algo desconcertante: mucho de ese producto no se quedaba en la planta. Bajaba al suelo. Salía por las raíces. Se iba de la planta!!! Una vez afuera, entraba en relación con hongos y otros organismos subterráneos. No era una fuga. No era un error. Era inversión.
Primero vimos conexiones
Uno de los trabajos que ayudó a romper la idea de que cada planta vive aislada fue el de Suzanne Simard, publicado en Nature en 1997. En ese estudio, Simard y su equipo mostraron transferencia bidireccional de azucares entre especies arbóreas conectadas por una red ectomicorrícica común (asociaciones simbióticas entre hongos del suelo que recubren raices y plantas). No resolvía toda la historia, pero sí movía el eje: el suelo dejaba de verse como un fondo inerte y empezaba a aparecer como una trama de conexiones reales.
Ese fue un cambio fuerte. Porque si el carbono podía moverse por esas redes, entonces las raíces no eran solo órganos de absorción: también eran puertas de entrada y salida dentro de un sistema más grande.
Después entendimos que no era un detalle: era estructura
Años más tarde, Richard Bardgett y Wim van der Putten ayudaron a consolidar otra idea fundamental: la biodiversidad subterránea no acompaña de manera secundaria a la vida de superficie, sino que modela el funcionamiento de los ecosistemas terrestres. Bacterias, hongos, protozoos, nematodos y muchos otros organismos no están “debajo” como un apéndice. Están participando activamente de la estructura, el reciclado de nutrientes, la dinámica del agua y la estabilidad ecológica del sistema.
Dicho más simple: el suelo no es tierra. El suelo es una comunidad.
Y más tarde vimos la escala real de lo que estaba pasando
El paso siguiente fue todavía más incómodo para la mirada clásica. En 2023, H. J. Hawkins y colegas reunieron casi 200 conjuntos de datos y estimaron que las plantas terrestres asignan a los hongos micorrícicos (hongos presentes en el suelo y raices) unas 13,12 gigatoneladas de CO₂ equivalente por año, una magnitud que el propio trabajo compara con alrededor del 36% de las emisiones anuales de CO₂ procedentes de combustibles fósiles. De golpe, lo que parecía un proceso biológico importante pasó a verse como una pieza planetaria del funcionamiento terrestre.
Las plantas no están “perdiendo” carbono. Están sosteniendo la red que las sostiene.
Toby Kiers complicó todavía más la historia
Ahí podría haber quedado una narrativa cómoda: plantas generosas, hongos colaboradores, cooperación subterránea y listo.
Pero Toby Kiers y su equipo mostraron algo mucho más interesante. En estudios sobre simbiosis micorrícica, vieron que los hongos no entregan fósforo de manera fija o ciega: ajustan cuánto, cuándo y desde dónde lo transfieren según cambian la disponibilidad de recursos y la demanda de la planta. Es decir, no estamos frente a una ayuda pasiva, sino ante un intercambio dinámico, sensible al contexto.
Eso cambia el tono completo del relato.
Porque abajo no hay solo conexión.
Hay regulación, hay intercambio. Es una economía viva.
No una economía en sentido humano, claro, pero sí una red donde el carbono, el fósforo y otros recursos circulan según oportunidad, escasez y demanda. Y cuanto más entendemos eso, más evidente se vuelve que subestimamos al suelo durante demasiado tiempo.
El gran error fue creer que todo eso podía reemplazarse
Buena parte de la agricultura moderna se construyó sobre una simplificación extrema: tratar al suelo como si fuera una base inerte a la que solo había que agregarle nitrógeno, fósforo, potasio y agua.
Ese modelo produjo mucho. Pero también redujo una realidad biológica inmensa a un puñado de variables manejables. Donde había redes, dejó dependencia de abonos y mucho trabajo. Donde había ciclos vivos, puso sustitutos sintéticos. Y donde había estructura ecológica, muchas veces terminó dejando fragilidad a cualquier cambio. La ecología del suelo mostró justamente que la diversidad subterránea influye de forma importante sobre la biodiversidad de superficie y sobre el funcionamiento de los ecosistemas terrestres.
El problema no fue solamente técnico, sino que fue de mirada.
Y sí, esto también importa en un terrario
A veces parece que todo esto hablara solo de bosques, campos o paisajes gigantes. Pero la lógica no desaparece cuando reducís la escala. Un terrario sigue siendo un sistema vivo. Un musgario sigue dependiendo de procesos. Un paludario también se juega casi toda su estabilidad en lo que pasa abajo.
Por eso trabajo con sustratos vivos y, de hecho, lanzamos nuestra propia marca de sustratos vivos (prontamente saldrá la patente pero ya los podés ver y adquirir en la tienda) que, además de cuidar la humedad, la aireación y la estructura, contienen bacterias y micorrizas en su composición. Porque el sustrato no es el relleno ni el fondo decorativo del montaje. Es una parte activa del sistema. Ahí se define buena parte del equilibrio entre humedad, aireación, estructura y posibilidad de colonización biológica.
Diseñar bien no es solamente acomodar cosas lindas como te presentan en un tutorial. Es construir condiciones. Si leiste otros artículos de este blog, ya te diste cuenta que uno de nuestros objetivos es justamente luchar contra ese estilo de "montaje así nomás". Porque da recetas que no solo no son correctas sino que no tienen en cuenta la biología de las plantas y del suelo. Sirven para vender algo rápido pero al no crear condiciones ni poner en juego criterios (aquellos que pretendemos transmitir en los Cursos Imago), ese montaje dura poco.
Los musgos vuelven esa verdad imposible de esquivar
Si hay organismos que obligan a aprender esto, son los musgos.
Trabajar con musgos te baja de inmediato de cualquier fantasía decorativa. Te muestran enseguida que la vida depende de microcondiciones: del agua, del aire, de la superficie, del tiempo, del soporte. No tienen raíces verdaderas como una planta vascular típica, entonces.. ¿cómo es posible esto del intercambio de sustancia y las micorrizas? La respuesta no es sencilla porque aun queda mucho por investigar y somos pocos científicos los que pensamos en esto. Se sabe muy poco de los musgos y sus parientes cercanos (ni hablar de las especies argentinas), pero lo que sí sabemos es que viven en una frontera finísima entre humedad, atmósfera y sustrato. Y justamente por eso la relación con el suelo y sus componentes vivos o soporte, aunque aun desconocida, es inevitablemente muy estrecha y compleja.
Quien trabaja con musgos de verdad aprende rápido que no alcanza con apoyar un musgo sobre algo húmedo y esperar que funcione. Hay que leer el sistema. Hay que entender qué pasa abajo. Hay que respetar la escala en la que opera la vida.
En Imago, todo parte de esa idea
Por eso, cuando hablamos de sustrato vivo, equilibrio hídrico o colonización, no estamos adornando un producto con palabras técnicas. Estamos nombrando procesos reales.
Lo que hacemos en Imago parte de una convicción muy simple: primero hay que entender cómo funciona la vida; después intervenir. Primero leer el sistema; después diseñar. Primero construir condiciones; después esperar resultados.
Eso cambia la manera de enseñar, de formular materiales y de montar.
Y cambia incluso la manera de evaluar un terrario terminado (y te va a pasar tarde o temprano, no los vas a ver igual). Porque un sistema vivo no se juzga solo por cómo se ve el día uno o en una foto de Pinterest. Se juzga por lo que puede sostener con el tiempo.
Lo invisible también merece protagonismo
Tal vez lo más potente de toda esta historia sea esto: la naturaleza nunca dejó de hacer su trabajo. Los que llegamos tarde fuimos nosotros.
Simard ayudó a mostrar conexiones. Bardgett y van der Putten ayudaron a mostrar que esa biodiversidad subterránea estructura ecosistemas. Toby Kiers complicó el cuadro al revelar que el intercambio no era pasivo. Hawkins le puso escala planetaria a esa intuición. Y de pronto lo que parecía fondo empezó a verse como una de las bases de la vida terrestre.
Debajo de nuestros pies hay un universo que todavía no terminamos de entender. Pero ya sabemos esto: no es el decorado del mundo vivo. Es una de sus bases.
Fuentes
Hawkins et al., Current Biology, 2023; Bardgett & van der Putten, Nature, 2014; Simard et al., Nature, 1997; Ullah et al., Frontiers in Plant Science, 2024.
Extra
Si te interesa el tema, mirá esta publicación científica que acompaña lo que les cuento (uno de los pocos argentinos): Catania, M. d. V., Albornoz, P. L., Rausch, A. O., Ledesma, T. M., Dong, S., Cai, Y., Zeng, Y., Liu, Y., Suárez, G. M., & Moreno, J. E. (2025). Discovery of Arbuscular Mycorrhizae in Mosses of the Pottiaceae Family from the Chaco Serrano (Tucumán, Argentina). Plants, 14(7), 1048. https://doi.org/10.3390/plants14071048














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